Todos los colombianos que hoy respiramos hemos nacido en un contexto donde hemos visto que la historia de nuestro país se ha forjado en medio del conflicto interno, la violencia y la corrupción. Que casi cualquier explicación del presente del país tiene como causa uno de estos conceptos o la combinación de estos en complejas ecuaciones. Cuesta entender cómo hemos llegado a tener un presente cuando hemos tenido secuestrada la esperanza y el futuro por estos crueles captores.
Es por eso que tener la oportunidad de pensar en la paz desde un escenario histórico, sin antecedentes ni precedentes similares, es la puerta para empezar a diseñar el futuro que todos, de una u otra manera, hemos pensado, deseado y anhelamos ver como una realidad. La paz antecede al progreso, al crecimiento económico sostenible y sobre todo, al desarrollo humano.
Todos tenemos derecho a pensar de la manera que queramos, a ponernos el color político que se nos antoje por X o Y razón. Lo único que no podemos es dejar de estar a la altura del desafío histórico que se nos presenta en estas elecciones presidenciales. Esta es la primera vez que elegimos un presidente para liderar el proceso de la construcción de la paz, y hay que volverlo a escribir: la construcción de la paz.
Sin embargo parece que Colombia padece del “Síndrome de Estocolmo”, hemos desarrollado un lazo afectivo ante nuestros captores: el conflicto, la violencia y la corrupción. Pareciera que nos hemos acostumbrado tanto a ellos que nos negamos a dejarlos ir y de una manera directa o indirecta los estamos alimentando en medio de la dinámica de esta campaña presidencial.
El “Síndrome de Estocolmo” tiene como características, algunas de ellas, la creación de mecanismos psicológicos que permiten formar un vínculo afectivo de dependencia de las víctimas hacia sus captores, de modo que asumen las ideas, motivaciones, creencias o razones que emplean los secuestradores para privarlas de libertad. Quizás solo es una metáfora, sin embargo esta relación permitiría entender en gran parte la dinámica de esta campaña, sobre todo en lo que la gente comprende de ella, de lo que presenta y expone como sus argumentos.
Es una abierta contradicción pretender construir un país donde germine la paz con semillas de violencia, en la forma que sea. Einstein lo dijo muy claro cuando afirmó que locura es hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes. Entonces ¿Cuál es el camino para construir un presente con semillas de paz? Entender que la elección de un presidente, el que sea, blanco, negro, amarillo verde o morado, no nos va a dar la paz, que es solo una parte de la solución, y para mí, solo el 5% de la solución.
Es innegable la importancia de elegir un buen presidente, ayuda para que las instituciones funcionen de manera adecuada y puedan brindar una estabilidad social, política y económica al país. Esto suma al desarrollo sin lugar a dudas, pero es solo la menor parte, la mayor parte pasa por los ciudadanos, por el ciudadano que estamos dispuestos a poner cada día en la calle, en el barrio, en la ciudad, en el hogar.
Por eso es errado pensar que un presidente, en un solo periodo electoral, va a salvar al país del fracaso o lo va a condenar a la desolación, son puntos extremos que solo distorsionan el papel del ciudadano con fines electorales. Algunos lo simplifican diciendo que hay “polarización”. Idea imprecisa que no hace justicia al panorama político actual donde hay nuevas fuerzas políticas que han ido consolidando su idea de política independiente, y que han brindado destacados resultados en su gestión para el país.
También es claro que la mayoría de los candidatos presidenciales encuentran buen recaudo electoral empujando demasiado lejos las generalizaciones (terrorista, guerrillero, paramilitar, narcotraficante, por ejemplo), llevándolas a interpretaciones erróneas de las causas y efectos de los hechos que sustentan los discursos y sobre los cuales presentan sus propuestas políticas. Es más, si en un ejercicio de imaginación nos empeñáramos en dibujar a los candidatos presidenciales apoyándonos en las palabras y descripciones de sus contrincantes en la carrera por la presidencia no elegiríamos a ninguno, pues cada cual presenta al otro como un criaturas malvadas sin lugar en este mundo y mucho menos presidiendo un país.
Y es justo ahí donde se puede hallar un camino, si somos capaces de ver y entender que es en los matices dónde se hace la diferencia, de reconocer que en la diferencia es donde se va a asentando la construcción de la paz. Así podremos hacer una mejor elección: elegir poner un ciudadano que cada día haga algo por la paz y un presidente que ayude a garantizar un marco para hacerlo.
Ese puede un punto para alejar a nuestro país del Síndrome de Estocolmo que nos forjó un lazo afectivo con el conflicto armado, la violencia y la corrupción que han tenido secuestrada a Colombia por más de un siglo; ese puede ser un camino para entender que la elección de un presidente en sí misma no nos va a entregar, y mucho menos a garantizar la paz; y así poder comprender que nosotros, el ciudadano que ponemos cada día en las calles, somos los que necesitamos construir la paz.
Colombianos de nosotros depende que en los surcos de dolores el bien germine ¡ya!
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