Ya son varias las elecciones presidenciales que he vivido en realidad propia, algunas desde la óptica propia de la niñez, donde todo es un asunto de grandes y ya. Otras como ciudadano, con derecho a tomar mi parte en la decisión. Tanto de una forma como de la otra he llegado a algunas conclusiones en las que me apoyo para decidir mi voto.
Es muy común para la cultura colombiana la cercanía con el mundo continental, especialmente de los Estados Unidos. De una u otra forma, ya sea por el cine, por las noticias y demás, tenemos una idea más o menos clara de lo que ha sido su historia, algunos de sus procesos sociales y políticos más importantes. Y es en ese punto donde fije mi atención en mis primeros años de formación, cuando descubría en los libros las menciones que hacían sus expresidentes (Washington, Adams, Jefferson, Lincoln, Roosevelt, solo por mencionar algunos) por las cosas que habían realizado en pos del su país, de la paz, estabilidad y empujarlo hacía el progreso. Y justo ahí me surgió la pregunta ¿Hemos tenido algún gran presidente en Colombia? La respuesta es rotunda: no.

El asunto de los contextos es determinante para las ideas, en este caso no hay excepción. Por eso hacer comparaciones en política, más allá de ser odioso, es una forma de contribuir a la pobreza mental. Razón por la cual no voy a afirmar que Colombia sea mejor o peor que determinado país, no; solo diré que es diferente y que nadie mejor que sus ciudadanos, los que viven el día a día, con sus altas y sus bajas, conocer mejor la profunda y verdadera realidad de nuestro país. Al final esto es lo más importante: es poco el cambio que un presidente hace en el día a día de nuestra realidad, a veces es realmente incipiente, para bien o para mal.
No pretendo restarle importacia a la elección presidencial, de nunguna manera, tengo fe y esperanza que llegue a la Casa de Nariño un gobernante capaz de dejar una huella para la historia con integridad, con justicia y con la audacia que demanda gobernar nuestra compleja realidad, alguien coherente; sin embargo, como hasta el momento no ha pasado, prefiero enfocar mis esfuerzos en lo que puedo aportar en mi día a día, en lo que yo puedo hacer por mi país. Por eso sí puedo responder con menos azar, el asunto del voto por un candidato representa menos del 10% de lo que en realidad podemos hacer si nos proponemos, en serio, transformar nuestra realidad social por una más benévola con el presente y el futuro.
De esta forma lo importante es la idea que tenemos todos y cada uno de nosotros de nuestro país, no la idea de país que tiene cada candidato; esa es su visión de país, la que ha construido con un grupo de asesores y con alguna oficina de marketing político. Al final sabemos que de lo que hablan y dicen, no se alcanza a ver ni siquiera el 40% en hechos, por más retórica y buen discurso que presenten, la realidad es la que los ha juzgado y para estas elecciones no hay excepción. Hay que ponerle más ganas a nuestro día a día que a una campaña presidencial.
El el pasado post me aparte de la idea de un país polarizado que algunos analistas presentan. No creo que sea una idea correcta ni verdadera. Entiendo que la polarización resulta ser un negocio rentable para muchos en periodos electorales, para medios de comunicación, para determinados empresarios que promueven un orden que favorezca sus intereses. Es por eso que vemos a periodistas reconocidos (que algo sea reconocido no significa que sea bueno o malo) que toman abierto partido por determinado candidato, y que, mediante sarcasmos o mordaz retórica, promueven ideas en la sociedad con absoluta irresponsabilidad. A esos mismos los he visto cambiar de bando cuando el candidato defendido ha pasado a ser investigado por determinado asunto corrupto. Ellos de manera irresponsable promueven la idea que “farándula política” es igual al (bellísimo) arte de la política. La farándula da rating, la política no, sin embargo, la política es el único camino para transformar nuestro país, la farándula es el negocio de unos pocos.
Al final lo pondré así, usando como ejemplo de ésta verdad la idea de la libertad religiosa: La primera defensa de la libertad religiosa es el mismo individuo, él es quien debe, con su comportamiento, su conducta y sus obras demostrar cual es la idea de religión que porta en su interior, la que le da identidad. Este es el primer paso para defenderla: la coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y se hace.
Pretender que alguien haga la tarea que no hacemos en nuestro diario vivir, es esperar que un presidente haga lo que no hacemos nosotros por nuestro país.
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