Como muchas personas en el mundo, me siento desconcertado con los resultados del referéndum por la paz, es difícil hacerse a la idea que un país que haya vivido un conflicto tal largo, sangriento y desgarrador de a entender que no tiene muchos deseos por cambiar el rumbo.
Sin embargo, en análisis tiene que ir más allá, no se puede simplificar a decir solamente que una parte de Colombia, representativa en las urnas, haya hecho saber que no están de acuerdo con el proceso de paz adelantado durante estos cuatro años, se debe ver qué es lo que en el fondo están diciendo los colombianos y a quien se lo están diciendo.
El primer punto a ver y evaluar es el abstencionismo. Es natural que en una democracia alguien elija no elegir, no sentirse representado o en un panorama diferente, no sentir que con su participación se puede lograr algo, esto ha pasado en muchos lugares del mundo y en Colombia no ha sido la excepción. Lo que resulta difícil de asimilar es que haya abstencionismo cuando se trata de cambiar para bien la historia de un país. ¿Cuántos sirios o afganos, si tuvieran la posibilidad de empezar un proceso de paz para sus países, se abstendrían? o ¿cuántos dejarían a un 30% del total de la población decidir algo tan trascendental? Pensar en un No resulta poco realista en esos casos, entonces ¿qué pasa en Colombia? ¿Cómo es que realmente está funcionando el sistema de decisión? Es difícil saber cuántos son votos de opinión y cuántos son los votos de las maquinarias electorales tradicionales, las mismas que son capaces de modificarse con tanta eficacia cuando se trata de segundas vueltas presidenciales. Pero al final lo que me parece aterrador es pensar que al 70% de las personas aptas para votar no les interesa realmente ni el presente ni el futuro de Colombia.
El segundo punto a evaluar es la polarización que hay en el país. Esto es una realidad, no se puede dejar de lado, hay dos formas radicalmente opuestas e incompatibles de evaluar esta realidad, hay dos orillas ideológicamente irreconciliables y activas políticamente, que por momentos parecen estar dispuestas a imaginar un mundo sin la otra. Estos son síntomas de una profunda encarnación del conflicto más allá de los montes, de la selva, el verdadero conflicto está en las formas de concebir el mundo que siguen presentes y vigentes en los colombianos.
Yo sigo pensando y creyendo firmemente que la Paz es uno de los mayores valores a los que cualquier persona, sociedad y país puede aspirar, que nada puede ser antes que eso en la idea de felicidad y bienestar que todos aspiramos como seres humanos, esto no es evaluable. Por eso, tomo lo que ha pasado como un llamado, como un obstáculo más a superar para avanzar, para luchar por mí Colombia en paz y con mayor esperanza. Ahora me comprometo más con el Sí a la paz, la vida, la esperanza y el futuro.
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